6 de febrero de 2012

El Hombre del que se apiadó la Madre Tierra

El padre de Juan Madrazo murió en un accidente tomando el sol en la playa. Le cayó en la yugular un meteorito y le abrió un cráter en el cuello. Ese fue el motivo de que su traumatizada madre, en los años en que tuvo que cuidar sola de su hijo único, le sobreprotegiera como ninguna otra madre lo había hecho antes. 

Su madre murió cuando él tenía 33 años. Juan apenas sabía hacer nada y, cuando vio que, muerta su querida madre, él se quedaba solo en el mundo sin nadie que lo cuidara, pensando que se le cerraban las fuentes de la vida y que no era él quién para abrirlas, no había día que no llorara amargamente, ni aspereza a la que no accediera para verter sus lágrimas en soledad, ya fuera la montaña más elevada, el acantilado más escabroso o el bar más retirado de su ciudad. A veces tenía él mismo la sensación de que inspiraba lástima hasta a las mismas piedras que adornaban el parque en el que se refugiaba por las tardes y que el sol tardaba un poco más en ocultarse en el horizonte.

Las lamentaciones de Juan Madrazo, fueron tan insoportablemente enternecedoras que la Madre Tierra, convirtiéndolo en su hijo predilecto, se hizo cargo de su bienestar. Así, cuando Juan, al ver que se le agotaba el dinero se quedó tan paralizado que no podía ni buscarse un empleo, la Madre Tierra, apiadada de él, manipuló archivos, partidas de nacimiento, libros de familia y hasta memorias cerebrales para que heredara los millones de un falso tío. Dueño de todo el dinero que pudiera necesitar, le faltaba sin embargo el cariño de su madre. Por la noche, cuando sus amigos se iban, apurando su quinto whisky y fumando su habano, se dedicaba a recordar y le venía a la memoria el cariño que le daba su madre carnal y entonces no podía reprimir el llanto porque la echaba de menos. Se acordaba de cuando, aunque ya era mayor de edad, le arropaba de noche, le ayudaba a meterse la camisa debajo de los pantalones, le hacía su comida favorita cuantas veces quería, le peinaba, le ponía colonia y le afeitaba la dura barba. Lágrimas como el granizo le caían, y al ver esto la Madre Tierra, enternecida, guió su mente hasta que dio con la empresa de madres a domicilio, Madres para Mayores. Y fue entonces cuando ya con 40 años contrató a tres madres de una vez. 

Pasó mucho tiempo sin que este infeliz tuviera que enfrentarse a la dureza de la vida. Cada vez que le hacía falta algo, cada vez que se sentía triste, de una forma u otra, su deseo se cumplía. Alguna persona llegó incluso a morir o pasarlo muy mal pero no diremos que Juan Madrazo albergara una dosis de maldad mayor de la que se acostumbra a suministrar en el crisol de los individuos humanos. Llegó a la cincuentena hecho un hombre profundamente inmaduro, cuyas tres madres acababan el día fatigadas de procurarle cuanto deseaba, pero al que ni una sola sombra de tristeza le embargaba, entregado la mayor parte del tiempo a leer libros infantiles.

A los cincuenta y cinco, llamó la Muerte a su puerta. Llevaba cara de prisa y no tenía ganas de perder el tiempo. Traía parada cardíaca por hipotermia porque cuando Juan se acostó para dormir la borrachera, dejó la ventana abierta. Juan Madrazo abrió la puerta creyendo que era una de sus tres mamás pero, al comprobar que, con sólo cincuenta y cinco añitos, ya venía la muerte por él, sintió tanta compasión por sí mismo que comenzó a hacer pucheros y a llorar como acostumbraba cuando, por ejemplo, una madre le traía una marca de shorts equivocada.

-¡Qué cortos son los días del hombre! -exclamaba- La desgracia le persigue sin fin; ningún capricho consigue sin un esfuerzo doloroso y, cuando menos lo espera, ahí estás tú, malvada... Mi partida de Play-Station se queda empezada, me muero sin los pantalones puestos... ya es mala suerte ir al Más Allá en calzoncillos...

Y, tras decir estas palabras, exhaló su espíritu interior un llanto amarguísimo que la Madre Tierra pudo oír y, apiadada de él, hizo que le volviera a funcionar su corazón y se recuperara por completo. Pero la experiencia de la muerte le hizo acordarse de lo solo que estaba en el mundo. A partir de entonces, cuando veía a una mujer atractiva, una honda pena le acometía porque se decía:

-He perdido el tiempo hasta ahora. ¡Qué triste ha sido mi vida! Nunca una mujer me ha dado su corazón y ha accedido a ser mi compañera de verdad. Moriré agobiado por la soledad y el asco a mí mismo.

Y, a continuación se daba a emitir un penoso llanto que estremecía las entrañas de la Gran Madre. Sin embargo, ninguna de sus cuatro madres podía hacer nada por él en este terreno pues ahora se trataba de amar de verdad y, para amar de verdad, los hombres han de ser verdaderamente libres y dueños de sus destinos y permitir que la vida fluya con naturalidad.

Juan Madrazo murió a los 85 años después de recibir de la Madre Tierra 7 falsas herencias, de superar 8 enfermedades en estado terminal, de sortear, gracias a la protección de su madre cósmica, miles de accidentes, enfermedades, calamidades, penurias, dolores, angustias, esperas, molestias, carencias… pero, en su alma, no quedaba más que un poso amargo de soledad porque su corazón nunca había abierto los pétalos del amor. 

En el momento de su agonía final, una bellísima muchacha con flores rojas en el pelo y labios rosados y carnosos se acercó a su cabecera y puso su mano sobre su pecho con una sonrisa bondadosa. Le pareció que tenía mucho parecido con su auténtica madre, pero era mucho más hermosa, de una hermosura tan grande que incluso le inspiraba miedo. 

-¿Eres una actriz famosa? –preguntó él.

-Soy la Madre Tierra, la hembra que ha estado cuidando de ti todo este tiempo. Te tienes que ir ya y bien que me alegro porque me has hecho trabajar mucho y en contra de mis leyes. La ternura que siento hacia mis criaturas es tal que prefiero ser generosa que rigurosa. Sin embargo tú siempre has sido un egoísta y has abusado de mí, obligándome a hacer lo que no me gusta hacer, sin saber que el amor, que es la cosa más gozosa de cuantas existen y lo único que supera a la muerte y calma el apetito de los seres vivientes, es respeto y cuidado del ser querido. Yo, transformándome en tu esposa, podría haber sido esa muchacha atractiva que soñabas, pero nunca has sido capaz de amar y ahora sí he de ser rigurosa.

En ese momento comenzó a alejarse y una vieja con la cara rajada tomó el lugar que la Gran Madre había dejado junto al lecho de Madrazo, era la Muerte, que en una pendencia con el Amor, motor del universo, fue acuchillada en el principio de los tiempos. Madrazo la conocía de sobra aunque nunca se le había acercado tanto; comprobó que era muy fea pero aceptó resignado su beso.

Y si no es verdad,
bien trovado está.



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